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Sobre el proyecto de una Barranquilla Alejandrina.

La comprensión del curso de las ideas filosóficas en Barranquilla es estrictamente señalada por las condiciones históricas y materiales del puerto como punto de confluencia y comunicación entre culturas y latitudes en el segundo decenio del siglo XX. Dicho elemento configura a la ciudad como una ciudad portuaria, desde la que se posibilitaba la circulación de las novedades tecnológicas e intelectuales. Desde este contexto, Barranquilla se convierte en un escenario propicio para la vida intelectual, mientras que sus conciudadanos ilustres, el caso de Julio Enrique Blanco, veían en estas condiciones materiales los ideales de una ciudad fenicia.

Y aún cuando el puerto haya perdido importancia capital, otros elementos parecen sostener esa idea de que Barranquilla es un terreno en el que se pueden hacer muchas cosas, desde la filosofía, la cultura y la literatura. Terreno hostil y difícil, hay que decirlo. Pero hay que pensarse, además, esos elementos desde otros ángulos que se desarrollaban a la vez que el señalado antecedente material del puerto. Otra forma directa de pensar histórica y a-históricamente es desde la prensa escrita. Valga con mencionar publicaciones como El Estandarte, El Bodegón, El Comercio, Vía Libre, El Derecho, Rigoletto o La Nación. Se entiende que estas publicaciones sean un referente histórico, pero a la vez hay que hacer notar que muchas de estas son de difícil acceso -y en algunos casos ya inexistentes-, muchas veces de un carácter confesional, subjetivo, de opinión, aunque es posible encontrarse con artículos científicos y rigurosos (Bermúdez y Campis, p. 2). Lo cierto es que la prensa escrita se posicionó como el elemento clave de difusión de ideas, desde la cual se ha defendido insistentemente el desarrollo cultural e intelectual de Barranquilla.

Otro caso, por señalar de forma dispersa antecedentes no-materiales sino intelectuales, se da en la percepción y logros literarios de figuras como Julio Enrique Blanco, el caso de Enrique Restrepo, Ramón Vinyes, Porfirio Barba Jacob y José Félix Fuenmayor con su novela proteica “Cosme” considerada como la primera novela urbana en Colombia (Orlando Aráujo Fontalvo en el prólogo de la novela, 2016). Y pare de contar. Mucho se ha escrito de la importancia capital de Restrepo, Vinyes y Julio Enrique Blanco, pero se ha dejado de lado el caso de otros comentaristas que han señalado elementos que pueden rechazarse por no considerarse rigurosos, aunque pueden hacer asentir por su genialidad y su descripción genuina de lo que es el ethos barranquillero.

Esto viene a decir que además de la literatura que podemos analizar desde la revista Voces, para dar un ejemplo ilustre, también es posible ver, desde la configuración de cómo es el habitante de Barranquilla, el barranquillero, las ideas que podrían conducir a la conformación de un balance del estado de la ciudad. En este punto hay que mencionar a Alfonso Fuenmayor, reputado erudito y escritor del Grupo de Barranquilla (nombre que se le daba a la actividad intelectual y cultural que tuvo como referentes a Gabriel García Márquez o Álvaro Cepeda Samudio). Alfonso en un artículo titulado “El barranquillero” señala una serie de características del modo de ser del habitante de Barranquilla. Destaca la capacidad del barranquillero para ser comprensivos, empáticos y ponerse de acuerdo con rapidez. Señala que estas capacidades se entienden si volvemos a revisar la idea de la ciudad portuaria como un elemento de germen del comercio. Si la ciudad es un terreno de comercio, estas habilidades señaladas son realmente fundamentales.

El texto de Alfonso Fuenmayor empieza trayendo a colación el mito de las “vacas fundadoras” para poner sobre la discusión la idea de que Barranquilla no tiene historia (Alfonso Fuenmayor en Roble Amarillo, 2016). Esta idea parece insistente en el Grupo de Barranquilla, valga mencionar el interesante artículo de Álvaro Cepeda Samudio titulado “Barranquilla y la historia” que empieza declarando que “Barranquilla es una ciudad sin leyendas ni blasones, y parece que hasta ahora no le han hecho mucha falta” (Samper, 2001, p. 194). Y Cepeda como Alfonso Fuenmayor recurren al mito de las “vacas fundadoras”, pero lo hacen para posicionarse desde otro punto de vista distinto al histórico. Para estos dos escritores y pensadores ver a Barranquilla desde el punto de vista histórico es un despropósito, y lo es porque para ellos la ciudad no tiene historia.

Ciertamente Barranquilla tiene una historia, pero es preferible situarse desde otro punto de vista que no sea el histórico. Y se debe advertir que elegir otra lectura no es negar la historia, ni se intenta, por otro lado, hacer una especie de jerarquización de los datos válidos para entender Barranquilla. Lo que se ha intentado expresar es que ver la historia de las ideas de Barranquilla, desde las mismas ideas, dispersas, escuetas o como se presenten, nos sitúa desde un punto de vista distinto y no por eso menos válido. Las ideas escritas parecen válidas si se tiene en cuenta que sus descripciones, muchas veces, pese a ser ficción, tiene su raíz en la realidad. Por ejemplo, Ramón Illán Bacca en su novela “Deborah Kruel” toma como premisa para su historia la presencia de un Stuka encontrado en la Serranía de la Macuira que los titulares tuvieron apresuradamente como el “avión donde huyó Hitler” (De la sección “Siete días” de la Prensa de Barranquilla citado en el artículo “Deborah Kruel, Respiración artificial y la filosofía del Círculo de Viena en Barranquilla” de Leydon Contreras).

El caso de Julio Enrique Blanco es un ejemplo de cómo los pensadores han intentado dar, a través de las ideas, una esencia a Barranquilla. En su artículo “Hacia una Barranquilla alejandrina” el autor no sólo habla de las condiciones materiales y espirituales que observa en Barranquilla para ser una ciudad fenicia, sino que esa visión se presenta como una proyección. Pese a que se mencione la idea del puerto como un elemento fundamental, parece que el carácter implícito del puerto es, para Julio Enrique Blanco, fundacional. Es decir, el puerto sería solo la condición de un desarrollo, y su porvenir estará marcado por una irrevocable conducción a una “Barranquilla alejandrina”.

Aunque hay que tener precauciones. Las ideas sobre Barranquilla son esperanzadoras, pero lo cierto es que en el ejercicio de lo político parece estar ocurriendo otra serie de traumatismos en la ciudad que han desembocado en la traslación simbólica de la “Puerta de Oro” a una “Ventana al mundo”. Recuérdese aquel dicho romano que con orgullo se profería entonces: “Romanorum paucas fenestras”. Lo que viene a decir que los romanos tienen pocas ventanas, porque eran hombres que valoraban más la acción que la contemplación. Pero en Barranquilla este desplante simbólico viene a significar el cambio de un elemento móvil y activo como lo es una puerta, a la pasividad que supone una ventana. Si las ideas y lo simbólico han sido elementos claves en la dirección de la ciudad, se entiende cómo es que desde hace ya varios años una misma familia concentre el poder político municipal y las empresas que controlan los servicios públicos sean de carácter extranjero. Y los ciudadanos no parecen inmutarse, todo lo contrario: parecen validar esta serie de acontecimientos. La idea de la ventana es pura especulación, pero es sugestiva.

De manera que hay algo que se debe subrayar: las ideas han sido rectoras en la configuración de la ciudad de Barranquilla. Desde las ideas que encontramos en la prensa, en los artículos, en la literatura, se observa cómo se proyectaba la ciudad de Barranquilla como un espacio fertilidad cultural e intelectual. Para ello se han puesto varias referencias que dan fe de ese movimiento configurador de ideas. Hay que decir, además, que si estas ideas se miran con poca importancia y son tachadas como un disparate, se habrá logrado el objetivo del artículo: poner al descubierto la inexorable indiferencia del público. Y con todo aquello, todavía se pregunta la crítica y el intelectualismo qué malogra el proyecto de una ciudad fenicia.