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Cuento: Salsa para Gordos.


Le habíamos dicho al tío Gordo que no participara porque él ya no estaba para esos trotes, pero no nos hizo caso. Al día siguiente salió temprano y se enlistó en el concurso de Salsa para gordos. Mi mamá me dijo que lo convenciera, que con tantos problemas de salud que tenía le iba a hacer mal agitarse; cree que lo voy a retener solamente con la seguridad de que él “nada más me escucha a mí”. Ni que no conocieran al tío, él siempre se sale con las suyas, como aquella vez, hace siete años, cuando a pesar de las advertencias, también se enlistó en el mismo evento.

Lo de hace siete años me lo contaron, lo demás lo recuerdo. Era la época de la música de la Sonora y la salsa brava era poca. Lo más sonado: Daniel Santos. Lo más bailado: la guaracha. De manera que los concursos de baile estaban marcados por la elegancia de los pasos y la soltura con que se dominaba el ritmo. Como estaba muy niño, no le prestaba atención al baile o a la cultura: mi diversión era burlarme. Yo me sentaba con mis amigos a las afueras de los eventos de baile a señalar a los gordos y ponerles apodos. Mis amigos coronaron a varios. Decían: “Ese parece un burro parado en dos patas”: “Ese parece un liquidpaper”: “Ese parece un tanque elevado”. Pero les seré sincero, esos se los copiábamos a los adultos que también se burlaban. Nuestros apodos eran más inocentes: pelota de playa, nubecita, letra O, calabaza y pingüino. Como decía, era niño y todavía separaba el juego de la moralidad. Pero eso sí, cuando empezaba la recta final siempre terminábamos viendo a los gordos bailar. Y en ese primer Salsa para Gordos, fue cuando vi bailar al tío. Recuerdo que me abrí paso entre la multitud sudorosa y escandalosa, y enterraba mi cabeza para arrastrarme entre los brazos. Y cuando por fin llegué a la primera fila, la luz apareció ante mí; el tío estaba bailando, pero solo ha quedado en mi memoria el movimiento pendular de su barriga al son de Borracho No Vale. No recuerdo más, no sabía de veredictos porque apenas paraba el baile, salía corriendo con mis amigos a las afueras, esperando la oleada de gordos para seguir dándoles apodos. Pero los primeros en salir fueron las gentes. Se decía que los dos finalistas del evento fueron Albertico y mi tío Gordo. Primer lugar: Albertico. Segundo lugar: mi tío Gordo.

Ahora las cosas han cambiado. Tengo muchas ganas de ver al tío bailar, y naturalmente no hice fuerza para impedirle el baile. Ya no se trata de guaracha, ni de Daniel Santos, ni del eleganteo. Ahora viene la salsa dura. Y el tío tiene la clave: arrebata sus brazos como un timbal y estremece las palmas al son de un cencerro: co’ qui co’ quiqui co’. Suenan las palmas al ritmo de Richie Ray. Por eso cuando esta así de alegre, de movido, con todos los nervios aguzados, se me da por preguntarle cómo se siente, y él, con su espontaneidad irónica, me responde: “Estoy en mi yeré”. Y cuando ya está muy agitado, le ponemos un bolero para bajar la tensión. Y a él ese cambio de género no le disgustaba: después de una descarga salsera un bolero se entiende. Por cada risa, hay diez lágrimas.

Mira, na’ má, es sin duda el competidor más pesado. Por supuesto que no me interpondré en el camino del tío, cuando alguien es un bailador hay que dejarlo gozarse el baile. ¡Más timbal para los rumberos! Aunque la cura resulte más mala que la enfermedad.

***

La hora esperada. El día del concurso todos en la familia se habían dado por vencidos. El tío ya tenía puestos sus zapatos de triquitraque blancos que sonaban como tacones en la madera, su sombrero guajiro, el pantalón blanco y camisa guayabera que él mismo pintó con las palabras rojas y grandes de “Salserísimo”. A las afueras del evento estaban unos niños que me recordaron a mí, mientras los gordos entraban pintosos y lustrosos. Hubo gordos de todos los barrios: de la Luz, del Silencio, del Bosque, de las Nieves, Las Flores, Las Palmas, San José, La Victoria, Chiquinquirá, Barrio Abajo, la Concepción y hasta de los barrios más caché. A todos esos gordos los niños les pusieron apodos. Me los reservo. Ya dentro nos topamos con Albertico. Mi tío lo miró con una sonrisa amigable y llena de respeto; hasta le gritó: “Albertico, nos vemos en la pista”. Todos vimos que la cosa se había puesto buena: y sentí el cambio de marcha de la sangre; por un momento me sentí en el evento más importante de mi vida. No espabiles, me dije.

El disc-jockey había instalado el potente sonido que alegraría el cuerpo del tío. En breve sonará la música. Ahí estaba el sonido metálico de las trompetas y el estampido seco de la percusión. Eñeñeñeñeñeñeñe, qué sabor, qué ambiente mágico. La voz: tan elegante y punzante, casi divina. ¡Tambó, tambó, tambó, que la rumba llama! Todos chocaron las manos como si fueran claves.

Qué alegre me siento, yo sabía que esto era vida. El hijo de Obatala, eseeee, ese soy yo. Estoy contento, se me desesperaron los pies. Óyelo, y tú verás que lo que te digo no es mentira.

Damas y caballeros
y ahora con ustedes,
las manos duras de Ray Barreto.

Apenas sonó ese mambo con piano y congas, la gente se llenó de un no-sé-qué. Los viejos, los señores, las mujeres y los niños empezaron a mover los pies y la cabeza. ¿No lo oíste? ¡Rumba para los rumberos, pero para ti no hay na’! Estábamos ya infectados por la salsa.

Después de la cortina sonora, el presentador empezó el concurso con extrema brevedad. Principió bailando el tío. Hizo lo que quiso con ese Boogaloo que le sonaron. Si usted lo hubiera visto habría deseado bailar del mero impulso animal. Los gordos salían a mover el cuerpo con elegancia. El más auténtico era el ganador de los aplausos. Por eso se las ingeniaban para hacer piruetas, saltos y demás movimientos extremos físicamente imposibles para personas de ese kilaje. La música lo puede todo. Y de los más de treinta y seis gordos que entraron, fueron quedando unos pocos. Con la tarde, unos cuantos. Y antes de que anochezca, se sabía que iban a quedar solo dos.

***

Con la noche empezó el evento más esperado: la disputa final de los últimos concursantes de Salsa para gordos. “¡Que salgan las bestias!”, exclamó el presentador del evento. Y todo se tornó en un silencio ceremonioso. Alcancé a escuchar el roce de la yema de los dedos sobre la majestuosa portada de El sonido bestial. Se escuchó un breve golpeteo y una llamarada de luces se encendieron. Luego, el crepitar del tocadiscos.

Apenas sonaron las trompetas. Albertico y mi tío empezaron a bailar. Sus pasos armonizaban con la percusión y el ritmo. Al trinar de las trompetas y trombones sacaban sus mejores maniobras. No gana el que baile más, sino el que goce mejor.

tú que decías
que ya no servía
oye tú que decías
que ya no salía
ahora mismito mi amigo
yo te vengo a saludar
escucha, escucha.

La voz de Bobby es inconfundible. Ahora que veo al tío bailando con tanta alegría, noto que hay algo especial en todo este acto del baile. Aquí se la juegan toda, no creo que haya actividad más agotadora que moverse con esos cuerpos pesados al vertiginoso ritmo de Richie Ray y Bobbie Cruz. Desde aquel día de niño, no me había percatado lo mucho que me gusta ver bailar a los gordos, es una maravilla. Sobre todo porque hay un ritmito en las barrigas, muy curioso, que armoniza como un péndulo con las caderas y los brazos. Parece que levitaran. ¡Ay, qué sabor! Ricardo viene de frente con su sonido bestial.

Llegó otro momento crucial: el tumbao’. Aquí los bailadores aligeran su paso y se separan. Es momento de que cada uno baile a su son. Mira como zapatean. Se soltaron los caballos otra vez.

¡¡Ahí na ma'!!

Empieza Albertico: le tocó la parte del suspenso. Todos miran atentamente. Se pasea de aquí allá como caminando. Sostiene una sonrisa en su boca, jadea. ¡Tararán! “Albertico, Albertico, mira que te va a llevar el coco, baila, baila, que yo te traigo un poquito de ron”, le gritaron desde la tribuna.

oye quien toca no es Stravinski
es "estrabancao"

Sonó un corte de piano. Rachmaninoff, pensé por un momento. ¡No! Es Richie Ray. Volvimos al tumbao’. Ahora viene el tío. Si usted viera cómo baila. Si uno le quita la música pensará que está haciendo brincos y cosas sin sentido, pero esa es la gracia, el ritmo, la música. Ahí va de nuevo, otro giro estupendo del tío. No se le ve agotado, ni jadeante como a Albertico, mantiene una sonrisa todo el tiempo mientras baila. La gente le aplaude. El tío sigue tirando pases increíbles, el mejor de la noche, sin duda. Él es música, es Richie, es Bobby, es piano, es conga, es timbal, es voz, es salsa. ¡Esto es música! Agárrenlo que viene virao’ como bestia. Qué swing. Qué bello. Estoy feliz viendo el baile.

A correr, que ahi viene corriendo "Coco"

La gente sigue con la algarabía mientras mi tío baila. De repente se mete Albertico, pero ya nadie le aplaude. El tío se robó el espectáculo. Parece un huracán, cómo baila y cómo echó a Albertico. El pobre no tuvo oportunidad. Sin duda ya sabemos quién es el campeón. ¡Vaya, caballero! Si hasta aquí tú no has visto algo así, entonces te lo cuento otra vez.

Richie Ray les viene a tocar (vamos tocando como bestias)
Ay, al son de los cueros, cuero na' más (vamos tocando como bestias)
cómo no, cómo no, cómo no, cómo no, (vamos tocando como bestias)

La voz del coro se va desvaneciendo. “Vamos tocando como bestias”. Ahí está el final, la muerte. La canción cesó. Lágrimas, besos, abrazos y lluvia de aplausos para el tío, el número uno de Salsa para gordos. Después de mucho tiempo la victoria llegó. Todos nos alegramos por el tío, bailamos y cantamos. Nos habíamos olvidado de todo. A mi nada me daña este yeré que heredé. Hasta que llegó el amanecer, no habíamos parado. Y con todo eso, teníamos ganas de seguir. Esa noche hicimos todo como quien hace la última cosa de su vida, con alegría y tristeza. La música fue bajando y bajando, hasta que una lampara se encendió al final del cielo. la lamparita del sol.

***

De todo aquello: recuerdos, nada más. Hasta hace poco el trofeo colgaba en la barra de la cocina con sus letricas talladas: “Al primer lugar de Salsa para Gordos”.